miércoles, 10 de abril de 2013

Blanca


Aquella muchacha hacía unos helados deliciosos. Cubeteras de aluminio iluminadas con vainilla y pecas de chocolate como fichas de dominó. Sentado a la mesa de cármica, el niño esperaba el premio de los viernes mirando al jardín. Algunas tardes, ese laberinto verde lo hacía olvidar el postre. Senderos marcados por pinos con punta roma, que muchas lágrimas y años después reconocería en el cementerio. Canteros perfectos, salpicados de yerberas y olor a lavanda.
En las noche cálidas, podía ver las luciérnagas encendidas para atraer a sus parejas.
Ahora lo fascinan las personas que irradian luz. Mucho más, si le gustan los helados.

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