Un collar de cuentas se rompe. Las bolitas picotean las
baldosas. Una lluvia de luces avanza por el pasillo. Algunas huyen por debajo
de la puerta del ascensor. Otras rebotan en las paredes. Duplican su velocidad,
sin rumbo. El joven deja el libro en el asiento, se arrodilla y comienza a
juntar perlas. Una chica aparece corriendo con el hilo en la mano, sosteniendo
el esqueleto de cristal. El joven la mira y sin pensar, cada dos cuentas que recoge
se guarda una en el bolsillo. Avanzan gateando hasta quedar frente a frente. El
le ofrece su mano llena. Ella sonríe. “Sos muy dulce. Cuando llegué aquí, todos
me dijeron que eras un imbécil.” Suenan perlas cayendo por la escalera,
espantadas por ese embrujo.
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