Lo empuja pero queda trancado. Vuelve a intentarlo. El muchacho presiona el periódico para deslizarlo por debajo de la puerta y nada. Algo obtura la rendija. Apoya el bolso y se agacha a mirar. Por la línea negra ve el diario del jueves, el del miércoles, el del martes y quizás el del domingo. Raro. Los Morales no desayunan sin noticias. La señora habrá tenido que hablar de algo distinto al clima, probablemente sin resultados. No supo cómo está hoy, ni qué dicen de mañana. Sus planes para el fin de semana se habrán desvanecido, el pollo se pondrá feo en la heladera, el mantel quedará planchado en el segundo cajón. El joven lucha contra sus modales, oprime el timbre y activa su sonrisa de diariero. No hay pasos ni música ni perro. No tienen. Raro. Mira hacia la casa vecina buscando información. Camina sobre sus pasos y pregunta. La señora no ha visto a los Morales desde el domingo en misa. Estaban sentados en su banco, de la mano, trajecito rosa y saco con chaleco. Por qué? Este es un barrio trabajador. Nadie mete sus narices más de la cuenta. Quizás hayan salido o se les rompieron los lentes o cosas por el estilo. De esas que pasan. El muchacho la mira, chequea su reloj y sigue rumbo a la esquina. Piensa en el señor Morales, en sus pronósticos de carreras, su gloriosa propina de fin de año, en la torta de limón de la señora para su cumpleaños. Raro. Entrega los últimos diarios de esa cuadra y vuelve a casa, más pesado que nunca. Almuerza liviano y vuelve a salir. Camina hasta la casa de los Morales y se para a mirar desde la vereda de enfrente. Se toca la pera. Ocupa la tarde en vueltas sin importancia. Lo arrastra la ansiedad hasta que la noche lo abraza. Saltea la cena y el televisor. Se acuesta mirando la humedad del techo y empieza a jugar con sus formas hasta que se duerme. Lo despierta una pesadilla. Dos personas mueren abrazadas dentro de un ascensor. Salta de la cama, se tira dentro de la ropa y corre las cinco cuadras que lo separan del depósito como tromba. Los diarios apilados transpiran tinta fresca. Su mirada trepa la torre hasta pegarse contra el titular. Tampoco están los Morales.
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