martes, 24 de agosto de 2010

Dulce

Dormir en casa ajena tiene lo suyo. El hombre lo acepta sin más, como el frío de la noche o la última feta de queso pegada a la anterior. Cierra sus ojos y nada. Un rebaño acalambrado cae en el intento. Tiene la cabeza llena de palabras. Algunas intentan huir pero caen asfixiadas en la almohada. Se para y sube la ventana hasta la segunda traba. Ofrece su nuca al viento. Mira a la cama donde su señora duerme pulcra. El recuerdo de su voz lo envuelve. ¨Te pido por favor, evitá hacerlo adelante de todos que estamos de visita. Después quedan migas y provocan reacciones incómodas.¨ Sale al pasillo en penumbras y camina hacia la escalera. Baja despacio, los escalones crujen sin remedio. Va a la cocina y enciende la hornalla. Pone la caldera al fuego y espera que el vapor se eleve. Sirve una taza, sumerge el saquito de té y lo ahorca con su propio hilo. Encuentra el pote en la heladera, rastrea el paquete que lo sedujo esa tarde y un cuchillo. Enfrentado a la mesa, unta una galleta con manteca y en un solo movimiento, la hunde en el azucarero, hasta sacarla totalmente cubierta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario