Aquella muchacha hacía unos helados deliciosos. Cubeteras de aluminio iluminadas con vainilla y
pecas de chocolate como fichas de dominó. Sentado a la mesa de cármica, el niño esperaba el
premio de los viernes mirando al jardín. Algunas tardes, ese laberinto verde lo
hacía olvidar el postre. Senderos marcados por pinos con punta roma, que
muchas lágrimas y años después reconocería en el cementerio. Canteros
perfectos, salpicados de yerberas y olor a lavanda.
En las noche cálidas, podía ver las luciérnagas
encendidas para atraer a sus parejas.
Ahora lo fascinan las personas que irradian luz.
Mucho más, si le gustan los helados.